Jorge Orlando Melo

El Rio Del Tiempo Y El Tiempo De La Palabra

Presentaci�n de El R�o del Tiempo de Fernando Vallejo 

En la introducci�n a ese fascinante libro que es Logoi, y que pocos colombianos parecen conocer, hay dos frases de Fernando Vallejo que vale la pena recordar. Afirma que, sea  �poes�a o prosa, el lenguaje literario existe por oposici�n al habla�  y que �el genio de Cervantes descubri� que la literatura, m�s que en la vida, se inspira en la literatura�.  A primera vista, nada podr�a desmentir mejor estas afirmaciones contundentes que esta amplia novela que hoy presentamos nuevamente los lectores.

 

El R�o del Tiempo, es cierto, se inspira en la literatura: no ser�a muy dif�cil, pero dejo esta tarea a cr�ticos m�s eruditos, exponer sus relaciones con En Busca del Tiempo Perdido. Ambas son novelas de la novela, historias del esfuerzo por recobrar ese recuerdo nuclear de la infancia, el punto de amarre que permit�a escapar de alguna manera al flujo inclemente del tiempo, al desmoronamiento continuo de todo lo que existe.  Esa piedra de amarre resulta en ambos casos la palabra del escritor, la novela, sin duda m�s perdurable que las famas pasajeras creadas por la prensa y la televisi�n, pura doxa u opini�n. En ambas el marco cronol�gico que limita cada volumen, cada novela, es apenas una tenue cortina, un velo transparente que se abre continuamente para permitir el regreso al pasado o el salto al futuro del narrador, que parece moverse sin ning�n orden, arrastrado por asociaciones libres, pero en el fondo se somete a r�gidas exigencias formales, que enlazan como temas musicales con un destino tonal inexorable los cinco movimientos de esta obra. Nada m�s riguroso y elaborado que el errar desordenado de Proust y de Vallejo. Ambas son meditaciones sobre la memoria y el olvido, sobre las relaciones entre la literatura y la vida, sobre el paso del tiempo, sea el tiempo perdido o el tiempo recobrado o simplemente, el que los abarca todos, el r�o del tiempo.  

Pero la alusi�n permanente a Proust  �que aparece tambi�n en escenas y personajes, en el amor a abuelas cari�osas e inteligentes, en el cuarto negro totalmente aislado, en los maricas, en m�ltiples detalles que dar�an tema para un juego de trivialidades-  y que nos confirma, entre tantas otras cosas de este texto, que la literatura surge de la literatura, no puede hacernos olvidar lo que ambas novelas tienen que ver con la vida. Para comenzar con lo m�s obvio, son novelas autobiogr�ficas, en las que el lector se pregunta con frecuencia si un incidente, un personaje, un acontecimiento, una opini�n del narrador, pertenecen a la vida real o son simple invenci�n literaria. Y ambas  son novelas en clave, aunque Vallejo, m�s compasivo con los amantes de la realidad, ha simplificado el esfuerzo de identificaci�n y nos dice que Hernando Giraldo es Hernando Giraldo o H�ctor Charry Samper es H�ctor Charry Samper. Claro que no se si siempre es as�, aunque me consta que Bruja, la perra con la que dialoga amorosamente a lo largo de las novelas que componen la novela, tambi�n es Bruja. Y bruja. 

Y como Vallejo y yo hemos pasado por los mismos sitios, nos hemos rozado en varias ocasiones en encrucijadas distintas, esta obra es para m� una substanciosa fuente de evocaciones.  All� est�, en ese Medell�n idealizable de los a�os cuarenta, el barrio Boston en el que nacimos los dos, casi al mismo tiempo. Yo me fui muy pronto, pero conoc� a los salesianos del Sufragio, donde estudi� y sufri� el narrador, a�os m�s tarde, cuando volv� a vivir all� y soport� el catecismo de los s�bados a cambio de una boleta de cine. Ambos fuimos, a pocas cuadras de Boston, al Instituto de  Bellas Artes, a estudiar piano: �l aprendi� bastante, mientras yo, sin ning�n talento musical,  ganaba segundos premios en los ex�menes de fin de a�o a punta de disciplina.  Encuentro tambi�n en El R�o del Tiempo las clases de filosof�a de la Universidad Nacional, el Cisne, el Arlequ�n, y personajes y sitios bogotanos que hicieron parte de mi vida. Nos separamos otra vez, despu�s de un a�o en el que compartimos el ocasional ritual sabatino de la visita a las librer�as: se fue a los Andes, donde Danilo Cruz V�lez y donde Manuel Jos� Casas Manrique, quien debi� exacerbar su sensibilidad por los asuntos del lenguaje y el estilo. 

Pero la Colombia de este inmenso fresco  �y debo permitirme aqu�, junto al estudioso y censor de lugares comunes y clich�s, al enemigo de met�foras rutinarias, esta comparaci�n tonta-  es mucho m�s que una evocaci�n, nost�lgica, de los d�as azules de la infancia, de los a�os del fuego secreto, apenas saliendo de la adolescencia, de los caminos a Roma y la tentaci�n del cine, de los a�os de peregrinaje en Nueva York y M�jico y  de la cercan�a a la muerte, cuando, entre fantasmas, la libreta en que apunta la muerte de los amigos va gastando sus p�ginas en un movimiento cada m�s r�pido, en un acelerando que nos lleva al acorde, al descanso final. La historia personal, la autobiograf�a, la vida vivida, el amor y el sexo, se desbordan en una imagen de Colombia construida con el m�s delirante lenguaje de diatriba que ha existido en la prosa colombiana, con la m�s c�mica y divertida caricatura del pa�s  �y tambi�n, al paso, de M�jico-  que se haya hecho en nuestra literatura.  Lo �nico comparable, y que me ha dado tanto placer y me ha conmovido tanto como las novelas de Vallejo, es Sin Remedio, la novela de Antonio Caballero sobre Bogot� y sobre la escritura de un poema.  Son caricaturas implacables pero m�s reales y m�s exactas que la realidad.  Y son caricaturas que uno no debe leer en p�blico, para no provocar la envidia ajena, que soporta muy mal un lector desconocido, en un aeropuerto o una biblioteca, que no puede aguantarse la risa.  

Ya que me met� en evocaciones personales, voy a salir de ellas de una vez: volv� a encontrarme con Vallejo, perdido desde 1.960, en 1.983, cuando me tropec� con Logoi, y no pod�a creer lo que mis ojos le�an: aqu� ten�a yo un Erich Auerbach colombiano, un ret�rico de altura universal, y alguien obsesionado con el idioma como yo. Una obsesi�n que se manifiesta en mi odio, que tambi�n es su odio, a los presentadores de televisi�n, que me impide ver un noticiero sin perder la hora siguiente de mi vida rumiando la carta que le voy a escribir a Yamit o al que sea denunciado los asesinatos ling��sticos que acababan de ocurrir, mucho m�s abundantes que los otros que presentan con tanta fascinaci�n: dej� de ver noticieros, para no enloquecerme. Tampoco pod�a creer lo que le�a dos a�os despu�s en El Mensajero.  Siempre he sido sobrio, m�s bien avaro, en mis elogios, pero mis amigos recordar�n: �qu� cuentos de George Painter y su Proust, qu� cuentos de Lytton Strachey y sus personajes victorianos! Que me muestren una biograf�a mejor, en toda la literatura universal, que la de Porfirio Barba Jacob. Y como mi memoria de historiador tambi�n es flaca, no me acuerdo bien cuando volv� a ver a Vallejo. Fue en Medell�n, a donde yo hab�a regresado para tratar de frenar un poco, un cent�metro, la ca�da al abismo de una ciudad a la que se la estaba llevando el diablo y a la que �l volv�a mientras preparaba una novela sobre sicarios y v�rgenes. �Ser�a cuando subimos a la comuna nororiental, a la Villa de Guadalupe de nombre tan mejicano, a ver las terrazas y los techos todav�a rojos del barrio y la apertura de un teatro al aire libre, con el embajador de Inglaterra a tiro de sicario, en los a�os ya remotos de Pablo Escobar?  

Ya entonces hab�a le�do Los D�as Azules, que evocan un Medell�n que tambi�n fue m�o, y El Fuego Secreto, en cuyas p�ginas pod�a reconocer la gran transformaci�n de Medell�n que hab�a tenido lugar, digamos, porque esto no puede fecharse con mucha precisi�n, en febrero de 1.957: el descreimiento, la rebeli�n sindical, la destrucci�n del padre, la liberaci�n sexual, la homosexualidad, los nada�stas, el comunismo, el auge del crimen y la pobreza. Yo estaba haciendo una historia de Medell�n, escrita a cien manos, pero no tuve la audacia de romper con las convenciones gremiales y pedirle un capitulo sobre Medell�n a  Fernando Vallejo, ni a Dar�o Jaramillo, que estaba ya armando sus Cartas Cruzadas. Deb�a haberlo hecho, a ambos: m�s real el Medell�n de los novelistas y poetas y autobi�grafos que el de los historiadores.  

Hasta aqu� hablo de la vida.  La otra frase que cit� ten�a que ver con la oposici�n entre el lenguaje oral y el escrito. Y otra vez hay que hacer distingos: la prosa de Vallejo, en estas novelas, parece lenguaje oral. Fluye, fluye sin interrupciones, con las vacilaciones de la conversaci�n, con el desorden de la evocaci�n casual. Sin embargo, nada m�s enga�oso: lo que hace que se parezca al lenguaje oral es el arte cuidados�simo, de un virtuosismo casi m�gico, con el que Vallejo escribe frases que nadie podr�a decir en la conversaci�n. Yo, que escribo con un estilo m�s parecido, aunque menos literario, al lenguaje ceremonioso y cada vez m�s sacerdotal de William Ospina, me muero de envidia con esta fluidez, con esta prosa que logra crear el enga�o final, la sensaci�n de que al leer estamos siguiendo el ritmo del habla, que nos parece el ritmo de la vida y el ritmo del tiempo, que nos revela la verdad de la literatura en su falsedad, en hacernos creer lo que no es. Creo que el o�do, profundamente musical, de Vallejo, le permite hacer esas frases que tan poco se parecen a lo que hablamos, que se alargan indefinidamente, obsesivamente correctas, llenas de inclusiones y desv�os y traves�as y derivaciones y sin embargo tan parecidas al ritmo de la conversaci�n, de la respiraci�n, del caminar errabundo, del fluir de los r�os. Una tal fluidez que mi esposa psicoanalista dice que Vallejo tiene el inconciente conectado directamente con la m�quina de escribir.  

Y en un libro que trata del tiempo y la destrucci�n de las cosas, y que convierte la palabra en el �nico basti�n inexpugnable e indestructible, nada m�s bello que la imagen de la ni�a sefardita, que habla un idioma del siglo XV, con la que tropieza en Roma: 

�Vos he visto al llegar��Es lo que dijo? Ya no recuerdo. �Y los vocablos! �Los lejanos, los perdidos vocablos! No dec�a los muchachos, dec�a los mancebos. �Los mancebicos, dijo? �Los mancebiellos? Los que ven�an con ella de Israel y que no hablaban castellano. El castellano, dijo, se lo ense�� su abuela, que ya muri�, Y salvo con ella con nadie m�s lo hab�a hablado en el mundo hasta ahora, que me encontraba a mi. Mi abuela vive, pens�, y soy doblemente afortunado porque te encuentro, ni�a. ��De donde ven�s?� Me pregunt� su dulzura. Y en el momento irreal, mir�ndose la ondina, meci�ndose el ahorcado, recobraba la gracia en su voz infantil, el acento, la perdida viveza, y o�a las dobles eses y la ce con cedilla que nadie que viva ha o�do en mi idioma. Yo, solo yo. Mi ignorancia entonces no lo supo. A�os despu�s descubr� la raz�n del prodigio. Era el judeo-espa�ol, el espa�ol sefardita, el de los sefard�es que echaron de Espa�a, quinientos a�os ha�

D�jame revivir un instante el instante. D�jame o�rte, recobrarte, recobrarme en el com�n origen, el viejo idioma m�o y tuyo, que he olvidado.  El que le lleg� a tu abuela  ��A Salonic? d�melo, �o a Alcazaquivir? �o a L�rissa? en el �spero Magreb o en los reinos levantinos del Sult�n �y que por tan distintos caminos le lleg� a la m�a, a Antioquia, en una goleta desafiando la mar hasta arribar a tierra, a otro mar, de ci�nagas, y por senderos fragosos, bordeando precipicios, hasta la bella villa m�a, Medell�n de la Candelaria donde se qued� encerrada entre monta�as� Quinientos a�os ten�an que haber pasado para volverlo a o�r, en Roma, de tus labios, ni�a. Pero no, lo que oigo es el eco…� 

Nunca he podido leer esta p�gina sin conmoverme, sin que me tiemble la voz. El r�o del tiempo disuelve hasta las palabras, el tiempo de la palabra es tambi�n ef�mero.  

M�s hablado he en demas�a y non vos quiero detener m�s.  Agora es tiempo para William Ospina  

Gracias

Jorge Orlando Melo Santa Fe de Bogot�. 10 de febrero de 1999 Museo Nacional,  en el acto de presentaci�n del libro de Fernando Vallejo, El R�o del Tiempo, Alfaguara, 1999