Es infinito el número de los crédulos, para variar la errada traducción de San Jerónimo del Eclesiastés. La credulidad es la respuesta a la debilidad y la impotencia. El hombre primitivo convirtió al sol y al trueno en dioses y les rindió culto para propiciarlos, y el hombre moderno hace lo mismo, pues aunque la ciencia ofrezca sus explicaciones sobre la naturaleza o la enfermedad, no puede ni podrá nunca impedir todos sus efectos: la medicina y la ingeniería, que no lo saben todo ni pueden controlarlo todo, fracasan muchas veces.
Por eso siguen apareciendo nuevas religiones y tratamientos médicos exóticos, nuevas eras, energías imaginarias, parasicólogos y astrólogos, adivinos, los que curan poniendo las manos, lectores de manos y cartas, magos y chamanes.
Hoy, cuando la religión es para muchos apenas un ritual social, la seguridad mágica que ofrecen los rituales esotéricos se ha comercializado. Los periódicos están llenos de avisos y artículos sobre astrología o terapias basadas en fuerzas y magnetismos indetectables y hay miles de profesionales de lo oculto.
La fe se basa en la necesidad y la voluntad de creer: la casualidad, la coincidencia, la probabilidad de acertar en una predicción, ofrecen los casos para demostrar la eficacia del método, y los fallas se descartan con cualquier explicación. Los aciertos se publican como pruebas de verdad y demostración del milagro y se ignoran los fracasos. En 1829 el padre Bonifacio Bonafont, un sabio cura de Ríosucio, en una sequia insoportable, aplazó la petición de los feligreses para sacar al apóstol Santiago a una rogativa hasta que los extraños instrumentos del científico francés J. B Boussingault, que estaba de visita, le dieron una razonable certeza de que el santo no se desacreditaría. Un caso de buena combinación de ciencia e ilusión.
Si alguien con el carisma y la capacidad para hacerlo creer a los incautos ofreciera, por una pequeña suma, incomparable con el valor de la vida misma, una oración eficaz para que el avión o el bus que va a coger no se accidente, tendría un éxito desbordante y muchos estarían agradecidos para siempre ¿Y si acierta tantas veces, como procesarlo por falta de eficacia? Hacer un ritual para que no llueva parece dar a veces resultados, pues son muchos los días en que de todos modos no va a llover. Del mismo modo, los que piensan que rezar salva del cáncer o de la enfermedad seguirán creyendo en la eficacia de la oración, aunque no existan evidencias de ello. Y la oración, al menos, les ayuda a soportar los males.
El caso reciente del "hombre de la lluvia" o "radiestesista" es interesante. No es extraño que su aire ingenuo y popular atraiga a la gente de las artes y que lo conviertan en parte de un espectáculo, de un acto que se hace para divertir. Aunque los dineros públicos no deben usarse en cosas de magia o superstición, tratar como delito este caso, porque creían que iba a influir en la lluvia, es desproporcionado, sobre todo en un país que hace capillas o apoya a los capellanes del ejército con dineros públicos y en el que casi todo el mundo tiene ideas parecidas, pero que tienen el prestigio de la cultural europea: si el gasto hubiera ido a un astrólogo elegante no habría tanto escándalo. Los que están convencidos de que inundaciones o terremotos son el resultado de fuerzas misteriosas, de los astros o la voluntad divina, los que piensan que Dios se mete en la vida diaris, produce o evita accidentes o derrumbes, escoge quien se salva de las enfermedades y quien no, hace ganar y perder partidos de fútbol, no pueden objetar sin contradecirse los pueriles esfuerzos por propiciar estos poderes inmateriales.
Y es que el ser humano no está hecho solamente de razón, eficacia y verdad: es una mezcla confusa, una amalgama irracional y crédula, y así será por los siglos de los siglos.
Jorge Orlando Melo Publicado en El Tiempo, 19 de enero de 2012