Jorge Orlando Melo

Lo bueno de la gasolina cara

Contra la opinión de quienes quieren una ley “de iniciativa popular” que reduzca impuestos a la gasolina y nos permita tener gasolina barata, creo que al país y a los colombianos les conviene la gasolina cara. Es difícil encontrar algo más impopular que esto: los mismos dos millones de familias que leen periódicos y mueven opinión son los que tienen carro particular y se beneficiarían con la medida. El ochenta por ciento de población que no tiene carro y no lee prensa no cuenta mucho, aunque serían los perjudicados.

En efecto, la gasolina es cara porque el precio internacional es la referencia para el precio interno, y porque está gravada con altos impuestos. Si uno recuerda que el principal vendedor de gasolina es Ecopetrol, una empresa pública, se ve por qué, si podemos vender nuestra gasolina a un precio alto, no hay razón para dársela barata a algunos colombianos. Con el precio alto de venta externa ganamos todos, mientras que el precio bajo aumentaría el consumo, dejaría menos excedentes para exportar y sería un regalo a unos pocos, que están entre los más acomodados del país. A nadie se le ocurriría pedir a un campesino que venda la libra de café en Colombia a precio de costo, si puede venderla más cara en el exterior. Pero como el petróleo es de todos…

Y si bajamos las tasas a la gasolina tendremos que reducir los gastos públicos que financian o crear otros impuestos que las reemplacen. Mientras que estas tasas las pagan ante todo los que tienen carro privado, en proporción a su uso (y lo que pagan el transporte público y de carga que usa gasolina es poco comparado con el gasto de particulares, un pequeño costo que asumimos todos para obtener un gran beneficio), habría que reemplazarlas con tributos a las ventas o a la renta. Y los economistas no quieren subir las tasas de estos impuestos, de modo que la única salida sería que hubiera más contribuyentes, para que paguen los grupos de ingresos medios y bajos que hoy casi no pagan. Le quitaríamos un impuesto al 20% más próspero para que lo asuman otros más pobres. O tendríamos que reducir servicios del Estado, aunque todos piden más gasto público, entre ellos los promotores del carro particular, que quieren más calles y puentes. Tendríamos menos educación o salud, o peor seguridad, pero quizás mejores vías.

Además la gasolina barata tiene malos efectos: aumenta el consumo de energía, el calentamiento y la contaminación y por lo tanto crecen los costos de protección ambiental y de salud, que suben también cuando la gente camina menos; estimula la compra de más carros, y más grandes, promueve la congestión urbana y hace gastar más en vías, policías y semáforos; hace pensar que lo mejor es que todos tengan un carro particular y reduce la presión para crear sistemas de transporte masivo dignos y eficaces. Y como andar rápido aumenta bruscamente el consumo de gasolina, el precio bajo lleva a que la gente corra más (y los que abogan por gasolina barata promueven leyes que quiten los límites de velocidad): en Europa están felices pues los precios altos están logrando lo que no lograron castigos o campañas: que la gente vaya más despacio y haya menos muertos en accidentes. Y como tener carro es hoy un derecho innegable, la forma de regularlo es hacer menos atractivo el carro privado, sobre todo aumentando sus costos: peajes, más impuestos de rodaje, sobre todo a los carros viejos, para que sean sus dueños los que paguen por las vías y por la contaminación; gasolina más cara, para que el automóvil privado se use solo por verdadera conveniencia o placer. Los recursos públicos deben concentrarse en apoyar el transporte masivo, más barato y más respetuoso del medio ambiente, y no es justo alegar el deseo de los pobres de tener carro para bajarle los gastos a los más ricos.

Jorge Orlando Melo Publicado en El Tiempo, 23 de junio de 2011