Jorge Orlando Melo

Palabra y cultura

Cuando uno trata de pensar en las relaciones entre la realidad y la cultura colombiana, la primera tentaci�n que tiene es asumir una definici�n antropol�gica convencional de la cultura y concluir que en el fondo cultura y realidad son la misma cosa. La cultura es lo que hacen los seres humanos, sus formas de vivir, de relacionarse, de producir, de reproducirse, de comunicarse. Y la realidad colombiana est� conformada justamente por las formas que nuestra econom�a, nuestra vida social y pol�tica, nuestra familia y nuestras producciones simb�licas adoptan. La realidad colombiana (o la sociedad colombiana, pues tambi�n esto es la misma cosa) est� hecha de la violencia, la exclusi�n social, las desigualdades de poder, las creencias y valores, las formas de trabajo, el estado corrupto o eficiente, la guerrilla y los paramilitares. En este planteamiento, uno puede decir – para tomar ejemplos negativos- que si los colombianos nos matamos es porque nuestra cultura es intolerante, violenta, resentida, y si hay corrupci�n es porque los colombianos han crecido en una cultura que no cree inadecuado que uno evada impuestos, se pase los sem�foros o soborne al polic�a para que no se lleve el pase. Y si hay rumba y diversi�n, es porque nuestra cultura es tropical y descomplicada.   

 Lo anterior es sospechosamente tautol�gico, y por supuesto no puede llevar sino a la idea de que, ya que no estamos muy contentos con nuestro pa�s (aunque en las encuestas los colombianos contestan que s�, pero yo no creo mucho en las encuestas), lo que tenemos que cambiar es la cultura, porque cambiando la cultura cambiamos la realidad. Si los colombianos aprendemos a resolver los conflictos en forma pac�fica, pues no nos mataremos m�s. La idea no es del todo equivocada y corresponde, simplificando mucho, a la visi�n antanista del cambio social. 

 Pero si reflexionamos un poco m�s, vemos que la pregunta que se nos plantea en esta mesa redonda es todav�a m�s simple: lo que evoca es ante todo la posibilidad de que algunos sectores de la sociedad, que de alguna manera manejan ciertas herramientas del instrumental cultural de la sociedad, influyan sobre la conducta y las representaciones sociales para cambiar la cultura o la sociedad. O dicho en lenguaje todav�a m�s sencillo, lo que nos est�n preguntando es si los intelectuales pueden hacer algo para mejorar el pa�s. 

Como no puedo desarrollar con mucho detalle el argumento, me limitar� a plantearlo en su forma m�s el�ptica y esquel�tica.  

LOS INTELECTUALES Y LA PALABRA 

A los intelectuales los define ante todo el hecho de que sus herramientas de trabajo son el lenguaje, el sonido y la imagen. Con palabras hacen teor�as, razonamientos, argumentos, descripciones cient�ficas del mundo, relatos sociales o transmiten informaci�n, y hacen literatura. Con sonidos hacen m�sica y baile (con una peque�a ayuda del cuerpo) y con la imagen hacen cuadros y esculturas, y cine y televisi�n. La palabra del intelectual se transmite en nuestra cultura ante todo en los libros, aunque hasta hace muy poco se comunicaba m�s bien oralmente, en el p�lpito o la escuela. Desde los a�os treinta la transmisi�n por radio se hizo importante en Colombia, y lleg� a muchos sitios antes que la letra escrita. Por eso tuvo tanta importancia esa parad�jica y casi imposible empresa de ense�arle a leer y escribir a los campesinos por radio y por correspondencia. Hoy esa palabra empieza a trasmitirse tambi�n mediante los computadores y sus conexiones.  

Durante los �ltimos dos siglos, el intelectual fue en la cultura occidental el representante de unos rasgos culturales especiales, que pueden evocarse citando un texto de Beatriz Sarlo: �la cr�tica de lo existente, el esp�ritu libre e inconformista, la ausencia de temor ante los poderosos, el sentido de solidaridad con las v�ctimas�. Un personaje capaz de interpelar a toda la sociedad a nombre de una posici�n cr�tica, de una negaci�n del poder y de un rechazo a la mentira y la simplificaci�n de los mensajes con los que se mantiene la subordinaci�n cultural de la poblaci�n.  

Este intelectual era un hombre solitario, que se dirig�a esencialmente a una �lite, al menos cuando el mensaje que trasmit�a era su propia creaci�n. Los curas y los maestros eran en su mayor�a intelectuales subordinados, que contradec�an la tarea del intelectual cr�tico al convertir en lugar com�n lo creado por escritores, cient�ficos, artistas y te�logos. Hoy la funci�n de divulgaci�n, de enviar mensajes transformados y simplificados orientados al consumo masivo, la han asumido los peri�dicos, la televisi�n y la radio. El ascenso del alfabetismo, en los sesenta y setenta, cre� sobre todo lectores de peri�dicos y revistas, que son todav�a una minor�a de la poblaci�n colombiana, pero no muchos lectores de libros. Colombia apenas se encuentra en las fases iniciales de una cultura del texto escrito. La escuela, por ejemplo, todav�a basa su funcionamiento en la transmisi�n oral: un profesor que explica o incluso dicta, para que el estudiante memorice y repita lo que oye. La l�gica de este aprendizaje se mantiene en las pocas lecturas que hace el estudiante: un texto o manual que debe aprenderse. Y probablemente se perpet�a, como actitud, a lo largo de toda la vida, por ejemplo en cierta credulidad b�sica frente a lo que dicen las autoridades, los peri�dicos, los noticieros. Casi nada lleva en la escuela al uso creativo del lenguaje, al desarrollo de la capacidad de cr�tica y argumentaci�n, al dominio del razonamiento complejo. Casi nada lleva tampoco a desarrollar el manejo libre y expresivo del cuerpo, el sonido o la imagen.  

Las escuelas, resumamos, no tienen los dos espacios educativos b�sicos de un sistema escolar: ni bibliotecas ni procedimientos  para introducir los ni�os al arte. La escuela est� hecha para crear personas cr�dulas, pasivas, listas para ser entregadas luego a los medios de comunicaci�n de masas: los peri�dicos, la radio y la televisi�n. 

Esta situaci�n refuerza y consolida una sociedad relativamente jerarquizada, con emisores y receptores m�s bien especializados. Unos pocos miles de colombianos escriben libros y art�culos �cultos�, que leen unas cuantas decenas de miles de personas. Uno o dos millones de colombianos leen los peri�dicos. Y la mayor�a de la poblaci�n recibe su informaci�n ante todo de la TV y la radio. Por supuesto, los que leen libros usan tambi�n los otros medios, y los que no leen sino peri�dicos miran tambi�n la TV.  

Lo que define la situaci�n cultural colombiana, ya en el sentido m�s preciso  de la circulaci�n de productos significativos – textos, sonidos o im�genes, principalmente- es el predominio abrumador de mensajes anodinos y manipulativos. Esto es en mi opini�n ante todo un producto de la inmensa cat�strofe de nuestro sistema educativo, que ha reforzado los rasgos convencionales de una cultura de la autoridad, de la palabra ret�rica y sin control cr�tico. Los medios de comunicaci�n, al dirigirse a un p�blico formado en una escuela dominada por la pasividad, han adquirido una inmensa capacidad para deformar y trivializar la informaci�n, como resultado de una l�gica de comunicaci�n de resultados bastante perversos.  

Las razones de lo anterior son varias, y poco estudiadas en el pa�s, y una es sin duda que el peso creciente de exigencias financieras y comerciales ha subordinado los medios a vender jabones y toallitas con alas. Prensa tradicionalmente compleja, para poder llegar a niveles de circulaci�n que garanticen un flujo de ingresos publicitarios altos, se convierte en una prensa liviana, o light, como dicen. La televisi�n, obviamente, esta marcada por procesos similares.[1] Pero no puede ser la �nica raz�n, y por supuesto no explica porque la escuela lleg� y se mantiene en los desastrosos niveles actuales.  

Una raz�n es el cambio en la composici�n y en la orientaci�n de los llamados intelectuales. Colombia no ha tenido muchos intelectuales que correspondan a la definici�n tradicional: no hemos tenido muchos Sartres o Zolas. Tuvimos algunos a partir de los a�os veinte, usualmente ligados a los peri�dicos, y de alguna manera los creadores literarios siempre han estado en este grupo, pero los escritores de argumentos, los ensayistas, etc., han realizado una funci�n m�s t�mida. Mito quiz�s fue el grupo que m�s se acerco, en el conjunto de sus miembros, a esta imagen; hasta la tipograf�a de la revista evocaba Les Temps Modernes. Luego vinieron Estanislao Zuleta (que, como S�crates, prefer�a la ense�anza oral, aunque era un hombre del libro; como a S�crates, lo rodearon quienes quer�an volver su palabra un libro) y Rafael Guti�rrez Girardot, y ahora tenemos a William Ospina, a H�ctor Abad Facio-Lince o a Antonio Caballero, novelistas, poetas, ensayistas, polemistas y conciencias cr�ticas, y por ese esfuerzo los queremos tanto.  

No se si uno pueda lamentar la ausencia de intelectuales cr�ticos. Siempre hay que agradecer, como el �nico regalo de los dioses que nos queda, al que puede nombrar y recrear con palabras el mundo, al poeta o al novelista. No puede ped�rsele que nos d� recetas para salir del atolladero pol�tico, o para orientar nuevos movimientos pol�ticos o sociales. Pero si puede y quiere hacerlo, no veo porque no alegrarnos.  

Lo que s� es �til, es por lo menos definir algunas de las cosas que el pa�s necesita tener si quiere salir de la confusi�n y degradaci�n actuales. Para m�, es importante y conveniente y una responsabilidad del estado (y este es el tipo de cosas por las cuales uno queda clasificado como idiota latinoamericano o hasta defensor de los derechos humanos) que los colombianos tengan la posibilidad de llegar a la cultura del texto, que tengan acceso a formas complejas de creaci�n art�stica, que desarrollen masivamente una capacidad de pensamiento y de razonamiento cr�tico. Y esto s�lo puede lograrse por dos caminos: una reforma radical del sistema escolar, en todos sus niveles, para reemplazar la educaci�n basada en la autoridad oral por la confrontaci�n del texto escrito, y una emancipaci�n del dominio hipn�tico de los medios de comunicaci�n. 

La escuela que puede transformar nuestra cultura debe tener unos rasgos que ya enunci� antes: estar centrada en el dominio del lenguaje, en la b�squeda activa del conocimiento por el estudiante, en el desarrollo de la capacidad de crear, de decir cosas propias, de ser original. Esto supone bibliotecas (compuestas, como es hoy necesario, de libros y computadores[2]), laboratorios y equipo para el arte. Y las bibliotecas no deben ser para aprender muchas cosas, sino para desarrollar la capacidad de comprender, confrontar, debatir, y pensar. Para ello hay que aprender a leer pero tambi�n a escribir, cosa que, como lo sabe cualquiera que ha ense�ado en una universidad, s�lo logran hacer unos pocos estudiantes.[3] El mejor mecanismo para eso, creo, y esta no es probablemente una idea muy popular, pues la escuela colombiana est� bajo la fascinaci�n aparente de la ciencia y la tecnolog�a, en la cual creen todos los planeadores y todos los directivos y todos los maestros y los siete sabios, el mejor mecanismo, repito, es la literatura. Una raz�n es simplemente porque es la lectura que los ni�os y j�venes pueden hacer con mayor placer, sin sentirse presionados a conseguir unos datos para una tarea. [4] Una de las causas de que la escuela colombiana no genere lectores, y por lo tanto no genere personas cr�ticas y pensantes, es porque ordena a los ni�os que vayan al libro a conseguir unos datos, a �investigar� como dicen nuestros maestros llenos de a�oranzas cient�ficas, y no a vivir una experiencia de compartir sensibilidades, sue�os y aventuras. La segunda es porque cuando el ni�o est� leyendo est� escap�ndosele al maestro, y todo el maestro que pueda ahorrarse es probablemente ganancia. Y la tercera, como lo ha dicho Joseph Brodsky, es porque la experiencia de la poes�a, sobre todo, es una experiencia de dominio absoluto del lenguaje, de concentraci�n de sentido, de control de la comunicaci�n. Esto tiene que ver con la capacidad de madurar, como persona y como ciudadano. E incluso con la capacidad de vivir en paz, que tanto a�oramos, pues, para volver a sugerir un argumento algo antanista, como dice Brodsky, �el hombre, incapaz de articular, de expresarse adecuadamente, recurre a la acci�n. Y como el vocabulario de la acci�n est� limitado, por decirlo as�, a su cuerpo, termina actuando violentamente, ampliando su vocabulario con un arma cuando pod�a haber recurrido a un adjetivo�. [5] 

 Transformar los medios me parece casi tan dif�cil. Hay quienes creen que en vez de transformar los medios, tenemos que limitarnos a tratar de vacunar de la mejor manera a los que van a ser infectados por ellos, mediante clases en los colegios en la que los medios sean objeto de ense�anza, para que los alumnos aprendan a desmontar su ret�rica, a analizar su gram�tica, a leer entre l�neas.[6] No creo mucho en que esto sea posible: me parece menos posible que el ya dif�cil cambio de la educaci�n. Clases especiales de democracia, de soluci�n de conflicto, de cr�tica de los medios, de educaci�n sexual, son siempre subsidiarias al desarrollo de una capacidad cr�tica integral  (incluso de un desarrollo equilibrado de la personalidad) y esto s�lo lo logramos haci�ndolos lectores entusiastas: con la literatura. La vacuna tiene que ser m�s amplia y radical. 

Pero volviendo a los medios: solo la mejora de la educaci�n puede invertir esta tendencia de ir acomodando la calidad de los contenidos de la televisi�n y de la prensa al nivel de imbecilidad, de simplicidad y de mal gusto que se presume caracteriza al pueblo colombiano.[7] Lo dem�s tendr� resultados marginales, pero no despreciables. Creo que hay que asumir con cierta energ�a el an�lisis y cr�tica de lo que hacen, para introducir socialmente la mayor desconfianza posible, el m�s alto grado de sospecha hacia los noticieros y los peri�dicos. Mostrar sus enga�os, sus medias verdades, sus silencios y encubrimientos interesados. Burlarse de la gram�tica enrevesada, del lenguaje burocr�tico, de la ret�rica psudopo�tica de los documentales de la televisi�n, hasta de los presuntuosos errores de pronunciaci�n que han llevado a todas las presentadoras a pronunciar la v de manera distinta a la b.  [8] En los mismos medios, si nos publican, pero si no en otras partes, en los caf�s, en Internet, en las revistas y en los salones de clase.  

La �nica guerra de guerrilla que se justifica en Colombia, porque es la �nica que conduce a mejorar las relaciones entre los colombianos, es la lucha contra la degradaci�n conceptual, la generalizaci�n del sofisma, la corrupci�n ret�rica y el deterioro ling��stico de los medios de comunicaci�n. El idioma se ha convertido, en los medios de comunicaci�n, en un instrumento de confusi�n y torpeza. Este idioma deteriorado se est� convirtiendo en la lengua de todos los colombianos, cada vez m�s simple, menos capaz de expresar matices y diferencias, m�s llena de adornos confusos, de analog�as falsas, de met�foras imprecisas, y cada vez menos capaz de claridad y precisi�n.[9] Hay que recuperar el lenguaje, para que los colombianos podamos volver a entendernos, para que nos podamos volver a hablar.  

Jorge Orlando Melo Participaci�n en la mesa redonda organizada por la revista N�mero, feria del libro. Publicado en N�mero No 19


 


[1] El proceso es universal, pero en otros pa�ses las formas culturales basadas en la letra pesan mucho y han resistido exitosamente frente a los dem�s medios, que han crecido m�s r�pidamente, pero no han hecho retroceder los h�bitos de lectura consolidados antes de la invasi�n de los medios. Unas cifras pueden dar una idea: en Bogot�, sus 6 millones de ciudadanos hacen 3 millones de visitas a las bibliotecas p�blicas y se llevan 100000 libros prestados: en Inglaterra, una poblaci�n similar genera 18 millones de visitas y se lleva 28 millones de libros a la casa. Es decir, el ingl�s dedica entre 30 y 50 veces m�s tiempo a la lectura de libros que un bogotano. Adem�s, la mayor�a de los lectores son j�venes.

[2] A pesar de que el dise�o de las p�ginas destinadas a verse en un computador (en Internet o CD-ROM) est� muy influido por el mundo de la imagen, la informaci�n que ofrecen es esencialmente verbal y textual: son una metamorfosis del libro. La imagen es un acompa�amiento, como lo es tambi�n en la mayor�a de los noticieros y documentales de televisi�n: uno puede cerrar los ojos y se entera satisfactoriamente de lo que ocurri�, pero si ve el noticiero con el sonido apagado entre en un mundo de irreconocible homogeneidad. Como en los libros medievales, la imagen sigue siendo un apoyo a la palabra. Para un an�lisis menos simplificado de los temas de esta charla v�ase mi art�culo �Libros, televisores y computadores: viejas y nuevas tecnolog�as de la lectura�, en Lectura y Nuevas Tecnolog�as (Bogot�, 1997)

[3] Los estudiantes llegan a la universidad con la idea de que escribir es unir textos ajenos transcritos literalmente. Y nada los desconcierta m�s que la invitaci�n, imprecisa es cierto, de que expongan algo escribi�ndolo �con sus propias palabras�.

[4] La formaci�n cient�fica es esencial, y m�s en un pa�s como el nuestro, en el que hasta en el m�s serio medio de comunicaci�n se dedica una p�gina �el mismo d�a en que la falta de espacio obliga a colocar la noticia de la muerte de Mar�a Arango en un lugar secundario- al estudio quirom�ntico de los candidatos. Pero no creo que sea exitosa si se centra en lo cient�fico: va a depender de la capacidad para desarrollar la capacidad de razonamiento, invenci�n y comunicaci�n de los ni�os, y para esto, repito, lo m�s eficaz es lo que estimule el uso creativo del lenguaje: la literatura y en especial la poes�a.

[5] Joseph Brodsky, �An inmodest Proposal�, en On grief and reason, (1995) p. 208.

[6] Este argumento ha sido desarrollado en varias ocasiones por Jes�s Mart�n. Ver, por ejemplo,  los art�culos �la comunicaci�n plural: paradojas y desaf�os�, en Nueva Sociedad , No 140 (1995), �Descentramiento del libro y estallido de la lectura�, en Lectura y Nuevas Tecnolog�as (1997) o   ï¿½Nuevos modos de leer�  en Hojas de Lectura, (1997), donde se propone el reemplazo de la idea de la cultura en la escuela, �para que no sea la de artes y letras sino que de entrada a las ciencias y las tecnolog�as� Aunque acepto muchos de sus agudos an�lisis de la comunicaci�n, no comparto su valoraci�n positiva de la televisi�n que tenemos, ni me parece obsoleto o arcaico aferrarse a la idea de que el texto (escrito) es el veh�culo del razonamiento y del pensamiento cr�tico, ni mucho menos la propuesta, all� tambi�n desarrollada, de que lo mejor es aceptar que el mundo de los j�venes es de los nuevos medios y tratar de ense�arles en la escuela (�y quien educar� al educador, como se preguntaba Marx?) a analizar y criticar los medios, con clases especiales sobre esto. Lo �nico bueno que veo en esto es que el d�a en que ver televisi�n sea una asignatura, quiz�s los estudiantes le pidan a los amigos que les pasen el resumen, mientras se van a hacer otra cosa. Me parece que lo que esta propuesta busca como objetivo es m�s bien, en el horizonte previsible, un subproducto de la cultura del texto.

[7] No es dif�cil, pero en esta exposici�n no dispongo del tiempo apropiado, exhibir ejemplos y ejemplos del proceso de deterioro de la prensa en los �ltimos a�os y su r�pido paso a la frivolidad, impulsada por la trivialidad de la televisi�n y la conversi�n de toda la programaci�n en un espect�culo destinado a entretener y vender. Pero se que todos los presentes est�n todav�a sorprendidos por la superposici�n casi obscena de las piernas de Marcela Carvajal (cuya virtud de periodista son) y el cad�ver de Mar�a Arango realizada por un columnista de prensa. 

[8] Quiz�s vale la pena aclarar que lo importante no es la �correcci�n�, en el sentido de un patr�n elegante y clasista del idioma, como el promovido por los se�ores Caro y Cuervo (�o son el se�or Caro y Cuervo?) sino la riqueza, la capacidad expresiva, el rechazo de los lugares comunes, el desarrollo fluido y claro de los argumentos. Pero esto supone, al menos en los escritores, una conocimiento del idioma, y cuando los que escriben en los medios no son capaces de conjugar adecuadamente los verbos, de entender las met�foras imitativas que usan, o de utilizar las palabras sabiendo lo que quieren decir, es poco probable que sus errores formales sean el resultado de un esfuerzo extremo de expresividad.

[9] El lenguaje popular, no sometido a los medios, desarrollaba niveles de creatividad y variedad hoy inconcebibles, como puede verse en la tradici�n oral de la costa o de Antioquia. A eso se sobrepon�a un lenguaje culto, cuidado y m�s o menos ilustrado, que serv�a adem�s para marcar un complejo sistema de diferencias sociales: las novelas de Tom�s Carrasquilla hacen un cuidadoso mapa de las jerarqu�as sociales que se expresan a trav�s del lenguaje. Hoy los redactores de los peri�dicos y los noticieros est�n muy por debajo del lenguaje del que presum�an los poderosos gram�ticos colombianos, y sus lectores se han ido pegando a los estereotipos de la televisi�n para evitar recurrir a un vocabulario de m�s de unos centenares de palabras.